Desde William Gaddis a Joao Guimaraes Rosa, desde Gabriel García Márquez a Thomas Pynchon, no hay prácticamente un sólo autor de la segunda mitad del siglo XX en el que no pueda reconocerse la huella de William Faulkner.

Bisnieto del coronel William Clark Falkner (la “u” sería añadida posteriormente por el escritor al apellido familiar) que fue autor de una popular novela llamada The Withe Rose of Memphis además de héroe de la guerra civil, contrabandista, hombre de negocios y modelo para el Sartoris, William Cuthbert Faulkner nació en New Albany (Missisippi) el 25 de septiembre de 1897. Sabemos que no fue buen estudiante, que se rompió la nariz jugando al fútbol americano y que, al estallar la primera guerra mundial, fue rechazado por el ejército de su país: no daba la talla. Finalmente se alistó en la RAF canadiense y, aunque algunos biógrafos aseguran que resultó herido en Francia, lo más probable es que no llegase ni siquiera a hacer un vuelo de entrenamiento. Y es que, a su regreso a Estados Unidos, pasó una temporada fingiendo una cojera y propagando el rumor que engañó a más de uno. Realizó todo tipo de trabajos. En 1924 publica The Marble Faun, un conjunto de poemas marcados por la lectura de Keats y de los georgianos ingleses, y en 1933, un segundo poemario: A Green Boug (por cierto: Bartleby editores publicó en 2008 sus Poesías reunidas, en traducción de Eduardo Moga y Daniel C. Richardson). Él mismo nos cuenta como decidió pasarse a la prosa. Fue en Nueva Orleáns donde conoció a Serwood Anderson (1876-1941), uno de los autores que más notablemente influiría en las primeras obras de Faulkner, y cuyo punto de vista sobre la labor del escritor, goza todavía de una polémica actualidad:

El narrador debe ocuparse de la vida, de la vida en su tiempo, de la vida como la siente, como la huele, como la saborea. No le corresponde ciertamente el hacer la revolución.

Dice Faulkner, aludiendo a su relación con Anderson: Por las tarde solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo… Yo decidí que si ésa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro.

Serwood hizo un trato con William: si le excusaba de leer su manuscrito de La paga de los soldados, él le diría a su editor que aceptara el libro.

También fue Serwood Anderson quien aconsejó al escritor primerizo que fijara la atención de sus relatos en la tierra natal. Así, tras Los mosquitos (1927), aparecerán un libro de relatos y las novelas Sartoris y El ruido y la furia (1929) iniciándose así la serie sobre el Condado de Yoknapatawpha.

Durante la década de los treinta, Faulkner escribió muchas de sus mejores novelas –Mientras agonizo, Luz de agosto, Santuario, ¡Desciende, Moisés!, Las palmeras salvajes, ¡Absalón, Absalón!, El villorrio– pero, a pesar de que la moda que dividía por entonces al lector americano entre las obras proletarias de contenido reivindicatorio y las novelas históricas favoreció ciertamente a nuestro autor, el éxito de ventas no había sido tan grande como para que Faulkner no se viese obligado a viajar a Hollywood. Allí trabajó de forma intermitente durante algunos años (lo suficiente para pagar sus deudas y marcharse). Aunque muchas personas supieron apreciar su talento en la Meca del cine, no puedo dejar de contarles la siguiente anécdota. Faulkner y Howard Hawks habían ido a visitar a Clark Gable, William y Howard discutían sobre literatura cuando Gable les interrumpió:

– Mr. Faulkner, ¿qué cree usted que debería leer alguien que deseara estar al día de la narrativa actual?. ¿Quiénes diría que son los mejores escritores vivos?

Sin pensarlo mucho, Faulkner contestó:

– Ernest Hemingway, Willa Cather, Thomas Mann, John Dos Passos y William Faulkner.
– Ah, caramba, dijo Gable, — ¡conque usted escribe?.
– Sí, Mr. Gable. Y usted, ¿a qué se dedica?

La segunda guerra mundial eclipsó el interés por una obra que se veía, superficialmente, alejada de los problemas y angustias de la época. Poco a poco, los libros de Faulkner dejaron de reeditarse y acabaron por agotarse en las librerías. Fue el crítico (historiador y poeta) Malcolm Cowley quien, en 1946, publicó una antología de su obra titulada The Portable Faulkner que, casi inmediatamente, se convirtió en una de las lecturas más populares de América. Comenzaron las reediciones y, tres años más tarde, Faulkner recibiría el premio Nobel. Posteriormente completaría su trilogía sobre la familia Snopes (comenzada en 1940 con El villorrio) escribiendo The Town (1957) y The Mansion (1959). Su última novela, The Reivers, apareció en 1962, el mismo año de su muerte.

Aunque tratado con dureza por el público, su obra fue admirada por muchos de sus contemporáneos y, en Europa, contó con importantes seguidores. Maurice Coindreau tradujo al francés muchos de sus cuentos y novelas y su escritura fue analizada en profundidad por críticos como André Malraux o Jean-Paul Sartre. El éxito nunca llegó a embriagarle. En cierta ocasión, incluso, denegó una invitación a la Casa Blanca porque él, dijo, no era un escritor profesional, sino un granjero que escribía en sus ratos libres. El éxito es como una mujer; si uno se humilla, le pasa por encima, decía.

En nuestro país, desde 1980, no ha habido prácticamente un sólo año en que no se haya publicado, reeditado o reimpreso algo del genial novelista. Ahora bien, La obra de Faulkner tuvo que salvar distintos escollos, en primer lugar el de su asimilación a la “generación perdida”, en segundo lugar el de su influencia de Joyce y la consiguiente fama de narrador “oscuro”, “difícil”, en tercer lugar el de su clasificación como “escritor sureño” y, por fin, el de unas traducciones que estuvieron, en más de una ocasión, a punto de hacerlo ilegible. Todo ello contribuyó a elevar a Faulkner a un lugar privilegiado entre los escritores geniales que no se leen: Proust, Mann, el mismo Joyce (posiblemente sus tres grandes influencias inmediatas, junto con Freud). Comparte con ellos la pretensión de totalidad, la necesidad de abarcar el mundo. Pero en la balanza de la literatura de todos los tiempos no perdería peso junto a Cervantes o Shakespeare; aquí si que daría la talla. De lo que fue monólogo joyceano, soliloquio freudiano o nihilismo expresionista, no queda ya sino el resabio de los críticos. La enorme influencia de su obra en la literatura posterior hacen que su lectura resulte ahora más sencilla (el lector aprende, sin duda).

Por supuesto que todo eso sigue estando en Faulkner, pero es por su potencia narrativa, por su absoluta actualidad (insistimos: su obra está cada vez más cerca de las intenciones narrativas modernas) por lo que Faulkner descenderá de la esfera clásica para hacerse accesible al lector de hoy con la facilidad del mejor escritor vivo. Añadamos a estas consideraciones (que no deben aquí ser desarrolladas) las magnificas traducciones de José Luis López Muñoz para Alfaguara, de belleza y rigor fuera de lo corriente. Estas si son, realmente, dos de las mejores obras del Nobel de 1949. La primera en el tiempo, El ruido y la furia (título tomado de un famoso pasaje de Shakespeare: La vida es sólo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada) es seguramente una de las obras que más ha hecho trabajar a los críticos. De ella se ocupó largamente Jean-Paul Sartre en un artículo ya clásico del que merece la pena extraer cierta lección (sin más valor que el reflexivo): que la técnica narrativa de Proust debería haber sido la de Faulkner. En efecto, en lo que al distorsionamiento del tiempo se refiere, es Faulkner quien se atreve a romper con la obsesión cronológica llevando sus postulados a las últimas consecuencias, Proust, finalmente francés, se ve en ese sentido más dominado por su clasicismo impenitente. Ello hace del autor de El ruido… un hombre capaz de perderse a sí mismo en pos de sus reflexiones, más cercano, por tanto, a nuestra realidad (sensibilidad) inmediata. También es esta la obra que más acusaciones recibiera de haber sido influida por Joyce. Faulkner negó sistemáticamente tales influencias. Sea como fuere, el escritor, que tantas veces superó a sus maestros, se muestra aquí, cuanto menos a la altura del autor de Ulises. Alguien habló de gongorismo sureño, como si realmente pudiera existir tal cosa. No creemos que la novela deba hoy leerse bajo tales consideraciones. La novela narra la degeneración de la familia Compson, desde el enfrentamiento de la angustia frente al tiempo, la incapacidad de amar y la impotencia ante el sentimiento del mal. Dividida en cuatro partes, tres monólogos interiores (el primero de los cuales se enfoca desde la óptica rudimentaria y fragmentada de un sordomudo idiota y castrado) y una narración directa, es, digámoslo sin rodeos, una de las más altas cimas de la literatura del pasado siglo.

El villorrio, es la primera de las tres novelas que componen el ciclo de los Snopes. El lector no olvidará fácilmente este libro plagado de personajes cuya filosofía podría muy bien resumirse en esta frase de Ratliff, el vendedor ambulante:

Si un individuo tiene que escoger entre un tipo que es un asesino y otro del que sólo se cree que lo es, escogerá al asesino. Por lo menos sabrá exactamente a qué atenerse. No correrá el peligro de que se le disperse la atención.

El autor nos va contando la historia de los habitantes de Frenchman’s Bend, el villorrio del que los Snopes irán poco a poco adueñándose hasta hacer olvidar a sus gentes que su única pretensión verdadera fue esa inmovilidad sin cadenas llamada libertad. Pasajes como el del amor entre un subnormal y una vaca o como el de la bajada a los infiernos de Flem Snopes para reclamar el trono del Diablo (sin menospreciar la historia de Ab Snopes, antes de que se le “agriara el carácter”) son, sencillamente, imposibles de superar.

No podemos hacer el mismo elogio de la traducción de Santuario, responsabilidad de Lino Novás Calvo, penosa a veces y rebuscada a ratos. Esta es la novela de la que Malraux dijo que era la intrusión de la tragedia griega en la novela policiaca. Y en la que Faulker acumuló escenas terribles y crueles en busca, según confesión propia, del éxito financiero. El editor de hecho, se negó a publicarla, así que no apareció (convenientemente mutilada por mano ajena) hasta 1931. En efecto la narración posee momentos que harían ruborizarse a un Jim Thompson, por ejemplo, pero no es eso lo importante. Fascina la impiedad con que la evidencia de lo real avanza en el relato, ignorante de las buenas intenciones e insensible a las malas. Faulkner basó está historia en un acontecimiento real, que escuchó de labios de una mujer en un club nocturno. La historia de Popeye, el impotente criminal vicioso, y de Temple (que reaparecerá después en Requiem for a nun, de 1951), una joven estudiante aristócrata, que culminará en la muerte innecesaria de un hombre inocente: el propio Benbow, justo y honesto (como el Ratliff de El villorrio), dispuesto a pelear por lo que el considera la verdad, resultará superado por la marea de una sociedad que no se hace preguntas, que, simplemente, avanza.

En la década de los 80, con la aparición de aquellas traducciones, Faulkner fue dejando de ser en nuestro país un escritor frecuentado por unos pocos. Sus personajes y situaciones soportaban (ya) significados nuevos y más cercanos y Yoknapatawpha (como la Región de Benet, también largamente incomprendida) era el mundo y al mismo tiempo el pueblo. Lo grande representándose en lo pequeño: la epopeya del siglo, la metáfora del hombre moderno, de sus miserias, sus culpas y sus deseos. En cuanto a la escritura faulkneriana, digamos que dejó de ser leída como esa cosa experimental que a muchos les pareció (hay que recordarlo, hay que recordarlo) apropiado ridiculizar. El lector crece.

Juan Carlos Suñén 1988,
revisado en Magaz de Abajo, 2011

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