El ángel de papel


– La sumisión de los árboles
– Ave del paraíso. Madrid 1996.
– Favorables País Poemas
– Icaria Poesía. Barcelona 1996.

En julio de 1926, Juan Larrea y César Vallejo publicaban el primer número de una breve pero influyente revista: Favorables parís poema. Incluíase allí una somera nota de los editores, a modo de tarjeta de presentación, que rezaba: “Juan Larrea y César Vallejo, solicitan de vd., en caso de discrepancia con nuestra actitud, su más resuelta hostilidad”. Viene a cuento este recordatorio no sólo por la similitud entre aquel famoso título de revista y este del libro que nos ocupa, sino porque parecen también, uno y otro proyectos, compartir ese espacio de libertad donde si algo puede pactarse con nuestros detractores es sólo eso: el desacuerdo.

Y no es este el primer producto digamos “impositivo” que Tomás Salvador González (Zamora, 1952) ha dado a la imprenta. Desde sus primeros libros de poemas, hasta la más reciente El territorio del mastín (Editorial Juventud. Barcelona, 1995), su primera novela, Tomás Salvador ha demostrado no temerle a una radicalidad que se sabe exigencia de la propia obra. Al margen de tendencias, modas o promociones, el trabajo de este autor ha ido creciendo y haciéndose un espacio propio, de belleza exacta y delicada.

Pero Favorables País Poemas no era un libro fácil de escribir. En primer lugar porque su condición de partida, su primera no-libertad necesaria (siempre hay alguna), era no usar nunca frases o palabras que no hubiesen aparecido en el diario El País. El libro todo se elabora, entonces, entre el juego surrealista (que pone a nuestra disposición el azar) y la más férrea disciplina poética (que ha de extraer de él un máximo de sentido en la dirección deseada). Pocas veces el libro se vence de un lado o del otro, haciéndose diletante o sofisticado. Sorprende precisamente por la sobriedad que consigue allí donde el exceso estaba servido.

A menudo, el autor sabe hacer jugar a su favor esa sombra o reverberación que las palabras de los periódicos guardan, o parecen guardar a pesar de su descontextualización, del hecho al que en su día se refirieron. Aquí el lector es invitado al juego, como no podía ser de otro modo.

Y el propio autor insinúa que los cientos, quizás miles, de periódicos usados para hacer este libro, con sus recortes, con sus frases misteriosamente desaparecidas aquí y allá, bien podían constituir a su vez otro libro. Seguramente, creo yo, constituyen de hecho el verdadero libro, del que este es reflejo, pero reflejo gracias al cual toneladas de lenguaje puramente indicativo, informativo o directamente baladí, circunstancial y casi siempre interesado, se van solidificando hasta hacerse experiencia transmisible, material expresivo.

Obviamente el libro es una especie de invitación al género. De ahí que los formatos y tipos se hayan respetado, como que ninguna cita que del libro pudiese extraer este crítico lo sería realmente si no fuera fotográfica. El componente visual, así como los diversos matices que surgen cuando los contenidos fuertes se ven constreñidos a tipos menores y al contrario, son parte inseparable del sentido de este ejercicio poético que pronto veremos imitado.

Pero he dicho al comienzo de estas líneas que no todos sabrán comprender este libro, y bienvenida sea entonces la vieja amiga, la provocación. Para quienes precisan un motivo, no obstante, se me ocurre el mejor: alimentar con una pregunta más a nuestro deseo de sentido.

La respuesta, el consuelo si se quiere que toda gran literatura es capaz de ofrecer, la deja Tomás Salvador en otro libro, también recién aparecido: La sumisión de los árboles. Ya no un ejercicio, ni un juego, sino verdadera lectura del mundo desde el mundo, de lo enorme desde lo pequeño. Dividido en cuatro partes, el libro inaugura una mirada sobre la naturaleza que la más reciente poesía española parecía desear hace tiempo. Mirada acción, mirada sin preguntas. Y es que esta no es una naturaleza cinematográfica, ni desde luego esa otra tristemente habitual donde el ojo pare ser el único objeto del soliloquio. No. Es la razón de ese lugar en el que la vida viene a cuento (así de simple y de difícil). Entre recuerdos de la infancia propia y ajena, adivinaciones y descubrimientos, amigos y cartas, se conforma aquí ese paisaje interior que ni es ni no es más real que el arbusto real, que ni es ni no es más sumiso o más fuerte que el árbol verdadero. El libro perturba por eso, porque nos entrega un camino para el andar de unas emociones que, en otra parte, tal vez en boca de otros personajes, allí donde “las gentes se miran los ojos / al pasar, un instante, / camino de las cajas”, no serían distintas sino impensables. Busca un sitio y lo encuentra, y entre el que escribe y el que lee late, de nuevo, ese tercer corazón que sólo la gran poesía nos deja oír. En suma, lo que este libro nos trae, lo que nos llega desde él, nos toca con una razón tan antigua y al mismo tiempo tan cercana que hemos de saludarlo como algo nuestro, perdido y encontrado.

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