Ahora que vuelvo a Saint-John Perse (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 31 de mayo de 1887 – Giens, Francia, 20 de septiembre de 1975) recuerdo el deslumbramiento de las primeras lecturas, el descubrimiento de aquel lenguaje como extraído de alguna “sola y larga frase sin cesura para siempre ininteligible” (y qué semejante percepción, ésta, a la del Juan Benet de Saúl ante Samuel, dicho sea para acercar irreconciliables). “Sus ocupaciones entre nosotros: poner en claro los mensajes. Y la respuesta en él dada por iluminación del corazón”. El versículo pertenece a Vientos (III,6): sorprende dicho por el maestro de la veladura, de la alusión, del alejamiento. Y sin embargo es así. ¿Pero hablar de esa fulguración perdurable del lenguaje, de ese desgarramiento, de esa sintaxis redefinida, es posible?

Añoro esa conciencia de haber caído en una rara cuenca de dignidad ahora que sé que de su consuelo, de su exceso, siempre podré echar mano como de un lenguaje exclusivo. Embriaguez de uno sólo, para la sed del mundo, destilada con la paciencia del cronista oriental: “Y malla a malla se repite la inmensa trama prosódica”. Aquí se debe una mención: Roger Caillois. Poética de St.-John Perse. El libro, editado en Sur, de Buenos Aires, en 1964, diez años después de su publicación francesa, fue casi mi primer contacto real con el poeta. Quizás vivo aún, seguramente vivo aún. No llegué a leerlo entero hasta mucho más tarde: enseguida quise sumergirme y encontré con facilidad sospechosa Señales de mar (1957), también en Sur (1961). Con él llegó la iluminación, en el sentido que le diese Helmholtz: último estado de la gestación de una idea. Si el lector conoce a fondo la obra de Saint-John Perse apreciará del todo la pertinencia de esta alusión si le digo que el primero es la saturación y el segundo la incubación. En efecto: la presencia de ese gran lienzo enumerativo, de ese obsesivo impulso jerarquizante y exhaustivo (que hoy visito desde otros convencimientos, por cierto), daba paso con la lentitud de un enorme animal al reconocimiento de los detalles. ¿Cómo me sentía? Exactamente como Arthur Gordon Pym en el interior de aquellas grietas antárticas, al final de su novela, sabiéndome preso de un signo que sólo podría comprender elevándome sobre él. Claro que aquí el sonido, la invocación de una prosa más difícil aún de mantener que el verso (medir, lector, amigo mío, es siempre más difícil que contar) garantizaba -pura- una posibilidad última de desciframiento (de reconocimiento, es decir: propio).

Se lo escribió el poeta a Valery Larbaud: algo sobre la necesidad de practicar ese “apartamiento” donde “se sostiene el lujo de lo desacostumbrado”. Esta simple frase ha sido ya una guía. O mejor: una pista de quien había recorrido todos los laberintos. ¿Qué espera, después de todo, el lector de un poema? Caillois responde (y es otra pista): que el mundo “coincida con el diccionario”. E inteligencia; pero esa que nos hace a un tiempo más sensibles y más fuertes (¿no decía eso Antonio Gamoneda cuando escribía que “hay que ser muy hombre para soportar la belleza”?). “¡Oh mundo entero de las cosas!”. Sólo saberlo todo permite al hombre la transgresión: nobleza adquirida, humildad adquirida. Ante nosotros se extiende, ¿pero cómo hacer que muestre (el mundo) su verdadera fragilidad?

No sé por qué. O lo sé, pero sabiendo a un tiempo que no se explica, no se dice, no se sugiere (el verbo es proferir). El mensaje se arma y se desarma, se vuelve a armar: existe en la sintaxis: mecánica de la armadura; o no existe. Es excesivo o calla. Y sólo es uno, pero su receptor se oculta entre la multitud (un territorio oculto en la bandada). Así el poeta crece entre nosotros “entre todas las cosas ocultas y otras muchas que sobrepasan el entendimiento”. Pienso en Concha García cuando lee a Boileau (“Art poetique”) y convierte su “lo verdadero puede a veces no ser verosímil” en un “cuando lo evidente no es real”. Hace de lo que debe ser evitado lo que ha de ser perpetuamente vigilado: fuente de crecimiento. Perse estaría de acuerdo con la celosa corrección. La inteligencia tiende a pegarse a las aristas de la sintaxis, de la traducción, de la reescritura, como el viento se deja el rumor de lo visto en las espinas de las acacias; como la realidad se clava a las espinas de lo improbable. Hay un torrente corriendo bajo las zarzas. Perse abre las presas, deja correr las aguas. Otros ponen esclusas en secano. Allá ellos, allá ellos.

Sí -pienso- sólo habla de lo que es real: movimiento, profundidad. Sin tocarlo. Y sólo la prosodia, la historia, se reescriben a su alrededor. El mismo pez. Irrepetible distribución de las aguas. La misma isla, irrepetible carta. “De ahí, para el poeta, la importancia total del mar”. Se lo dice a Caillois, su exégeta. Leo en una tierra sólo aparentemente alejada de ese privilegio: pienso en las olas petrificadas de Segalen. Otro.

El mar mismo en su página…

Como al mirar esos dibujos modernos frente a los que bizqueamos en los quioscos y en los que hemos de situar el punto de vista en algún lugar entre la imagen y el ojo para llegar a ver lo que contienen. La imagen surge del caos como de una mancha: “injerto más que extracto, síntesis más que elipsis”. Seguramente todos nos hemos sentido así: un instante identificados en lo inmenso para inmediatamente ser tragados de nuevo: “Y tú mismo somos nosotros, que nos eras lo Inconciliable: el texto mismo y su substancia y su movimiento de mar”. Y añade: “Y la gran vestidura prosódica de que nos revestimos”. Lo que no se confiesa: se advierte; que la palabra es ritmo y envoltura, y a veces (sólo a veces) la cosa misma (“cifra ni sello, tampoco es signo ni símbolo”): lejos de toda historia, apresada en lo más vivo de su fatalidad. ¿Cómo hablar del que cruza la calle en Sevilla, en Madrid sin saber de su vecindad con todo aquello con lo que nunca estuvo relacionado? No es posible. No es verdadero. Lo verdadero nunca se tiene del todo a sí mismo. Sólo una historia probable entre muchas posibles, en un contexto infinito.

Se me ocurre pensar que de Mallarmé uno no puede separarse, mapa, pero que a Perse uno se acerca a beber, río. Es curioso que un poeta desmesurado permita este acercamiento propio de un músico de cámara. Como si esa gran reconstrucción de la historia no hiciese sino disimular un bálsamo para algún pequeño dolor personal. Si resulta excesivo, no obstante, el lector tiene a su disposición el lenguaje-antídoto de Ponge (épica-superficie-época). El resultado es la inmersión, la quemazón, el fuego sin especie ni raza y, de todo ello, la convulsión de grandes y humanos descendimientos. Aquí me entrega la lectura a casa conocida: “mantener con la bestia encabritada, un alma más escabrosa”. El resto es el recuerdo de lo que no vuelve, de cuanto rodeara las primeras lecturas: asombro dentro y fuera.

¿Cómo hablar de esta suma tan generosamente extraída del universo asfíxico, prepoético? Sólo aceptar que cuando el verdadero lenguaje despierta dentro de sí, no hay más ininteligibilidad que la de una audiencia sin recursos, sin nervios; pero el apasionado emprende el viaje. Da miedo si no sirve para crecer: como un padre. Negarlo es fácil; enterrarlo es inútil.

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