En un artículo titulado “Lenguaje de poema, una generación”, apéndice a su libro Lenguaje y poesía, Jorge Guillén nos recuerda que el 27 no rompió “con la tradición”, y que “las novedades de Rubén Darío y de sus continuadores van a ser ampliadas por estos poetas que, si ponen sordina a las innovaciones, no se circunscriben a las formas empleadas por los maestros remotos o inmediatos”. Admite, sin rubor alguno, que “la ruptura con el pasado fue mucho mayor en las generaciones contemporáneas de otros países”. Y se hace una pregunta retórica que tiene gracia reproducir: “¿Qué poeta de entonces, francés, italiano, sobre todo italiano, se habría atrevido a escribir sin ruborizarse un soneto?” Todo esto lo dice Guillén para recordarnos que una generación no debe olvidar que una cosa es poseer “aire de época” y otra muy distinta pretender “desarrollar una línea de escuela, de lenguaje”; lo que la suya, nos dice, el 27, nunca pretendió hacer. De acuerdo, pero también su sombra (y dicho sea sin ánimo de reproche o insinuación de demérito) evitó que otros lo hicieran.

Lo curioso es que hay en estas afirmaciones una inteligente advertencia sobre el reduccionismo que toda crítica demasiado cómoda supone (y en estos años últimos algo hemos aprendido también nosotros sobre eso) que se enuncia sin embargo con un cierto acento noventayochista, como si la ruptura “evitada” no tuviese más causas que el capricho o la moda de una desconfianza hacia los códigos que nuestro país no necesitaba sufrir. Como lejano reflejo de esa actitud podría interpretarse (con generosidad, por tanto) el hecho de que aún hoy es un orgullo para muchos de nuestros poetas el no haber sido tocados por las “aventurillas” (Guillén al menos las llamó aventuras) estéticas de entreguerras. Esta actitud guilleniana, a la vez inteligente y cauta, lúcida y (con todos mis respetos) diplomáticamente desconfiada y por ende conservadora, se advierte también, a ratos, en el libro Desde París (Seix Barral, Barcelona, 2000), un volumen que reúne las crónicas enviadas a La Libertad por el genial poeta desde la capital francesa entre enero de 1921 y junio de 1922. Ahí (y el libro no carece en absoluto de interés, además de poseer su gracia expresiva) lee uno la descripción del estreno de Ronda, de Schnitzler (cuya versión cinematográfica, de 1950, está considerada una obra maestra y quizás una de las mejores películas que dirigiera Max Ophüls) y no puede dejar de pensar que Guillén le reprocha una actitud poco elevada hacia el amor con mayúsculas (mayúculas que nunca más le pondrá nadie que no haya caído en manos de alguna secta) al tiempo que le agradece no haber tratado el tema del amor físico de un modo demasiado explícito. Finalmente la obra es calificada de “seria y verídica”. Y no es distinta su actitud melindrosa hacia la “música de los negritos”, el jazz, que defiende con tono menor, que admite a cambio de que no sea más que una especie de broma. Me explico: no logro desembarazarme de la impresión de que, en París, Guillén se pierde algo (aunque gana, definitivamente, a Valéry, su Valéry). Algo parecido a lo que se pierde en su traducción de esos versos de Jules Supervielle que pasan bajo su pluma de ser Et, pour toute âme, avoir l’âme de la fenêtre a ser ¡Quién no tuviera más alma / que el alma de la ventana! Es traducción brillante, seguro, pero es también condescendencia que el verso no precisaba.

En otro lugar bien distinto se encuentra, publicado por las mismas fechas, Prosas encontradas de Rafael Alberti (Seix Barral, Barcelona, 2000). Resulta de lo más curioso leer ahora ese escrito desde Moscú en el que Alberti nos cuenta el primer encuentro de escritores soviéticos como el que cuenta un viaje a Disneylandia. No es que no admire uno, de Alberti, esa permanencia en un proyecto cuya necesidad trascenderá siempre cualquier fracaso, por muy histórico que este sea, es que el mismo Stalin del que el gaditano nos dice que “tiene motivos para sentirse orgulloso” ya había por entonces decidido la muerte de Mandelstam, un poeta mayor que él y, seguramente, mejor comunista. El lector tiene aquí ojos más penetrantes que el protagonista, cuestión de distancia sólo a medias. Ya sé, ya sé que no fue el único. También, hablando de sonetos, los hubo para Franco en la misma generación, algo más adelante (y debo decir que Gerardo Diego no aguanta nada mal la relectura). Lo que me lleva a pensar en la necesaria revisión de estos poetas tan distintos y desiguales en tantas cosas. Visor publicó (creo recordar que en el mismo año) las obras completas de Emilio Prados, mejor poeta menor que Alberti mayor, y también una Antología personal (con CD incluido, veintiún poemas) de Vicente Aleixandre, menos leído que ambos y sin duda más grande, más “moderno” (léase: actual) que ambos:

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.

Sorprende este silencio sobre Aleixandre, que dura ya tanto tiempo, como sorprende que nadie advierta que mientras sigamos sin querer ver a Juan Larrea (“el creacionismo”, se deja engañar un poco Guillén, “procedía de América”) en el contexto de una generación que reconocía la influencia de sus primeros versos aparecidos en revistas (su obra poética publicada en libro coincidió con la de la antología de los Nueve novísimos, tan tarde, y ahí nos hemos acostumbrado a verlo, o mejor dicho a “no” verlo, ayudados un poco –pero esa es otra historia– por la inquina que le tomó Neruda) difícilmente veremos al 27 en el contexto de una agitación de alcance universal que no perturbó ni tasnto ni por igual a todos sus miembros. Hasta al mismísimo Francisco Pino (cuyos sonetos –todo hay que decirlo– consiguen no sonar a ignorancia de la flecha del tiempo) hemos aún de estar reivindicando contra no sé qué desinteresadas cegueras (“Me habían hablado de tal forma de España / mis maestros, que tenía una armadura de veinte toneladas dentro”). Tiene poco sentido, y menos aún lo tiene que siga siendo Cernuda el poeta más citado y menos leído de todo el grupo; tan poco sentido como que ya bien entrado el siglo XXI decir Lorca sea todavía decir Romancero gitano y no Poeta en Nueva York o Diván del Tamarit. ¿Y si lo leyésemos todo de nuevo? Cernuda, Guillén, Salinas… vigilantes de su tiempo, tan importantes en el fraseo de los años siguientes, Alberti, tan mareado y exhibido hasta su muerte, el olvidado Larrea, el otro Lorca, el invisible Aleixandre o el casi ausente Diego, el imprescindible Pino…

No es una pregunta que haga con ánimo de revolucionar nada, pero me parece importante una revisión que actualice un poco las obligaciones de nuestros editores. Mientras eso nos de miedo estaremos seguramente aplicando a esta generación la misma clase de filtro que Buñuel arrancó para siempre de la mirada con Un perro andaluz… Un gesto que hizo de él, por cierto, definitivamente el poeta más universal de todos.

ABC Cultural. 18 de marzo de 2000

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