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– Traducción de Pilar Gómez Bedate.
Muchnik Editores. Barcelona, 1987. 212 páginas.

Hijo del ingeniero del Estado Cesare Levi y de Ester Luzzati, Primo Levi nació en Turín el 31 de julio de 1919. Allí empezó sus estudios de Químicas (mientras Hitler entraba en Praga “sin disparar un tiro” y Franco tomaba Barcelona y se asentaba en Madrid), doctorándose en 1941. De religión Judía, aprendió rápidamente que “el rechazo, como ocurre siempre, era recíproco: por parte de la minoría, una barrera simétrica había sido levantada contra la cristiandad entera” (El sistema periódico). Pero pronto lo que no era más que un atávico recelo se iba a convertir en una monstruosa y desigual pesadilla. En 1943, tras un corto período en el que trabajó de analista en una mina de amianto y en una fábrica de barnices, se hizo partisano con la resistencia italiana; aunque no tuvo prácticamente oportunidad de entrar en acción. Capturado por la Milicia fascista el 13 de diciembre fue enviado a Fossoli, cerca de Módena, y enseguida deportado por las S.S. al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, donde permaneció prisionero hasta la liberación del campo por el Ejército Rojo. Allí no fue Primo Levi, sino 174517.

En 1947, contrae matrimonio con Lucía Morpurgo y publica Si esto es un hombre, su obra de mayor éxito junto a El sistema periódico (hay incluso una adaptación teatral del propio Levi en colaboración con Pieralberto Marche). El libro narra, sin retórica, su experiencia en Auschwitz. Levi, deja que los hechos hablen por sí mismos, y consigue que la narración trascienda lo monstruoso para, desde una perspectiva humanista y objetiva, convertirse en motivo de una reflexión que será, precisamente, la mejor manera para superar (sólo se supera lo que no se olvida) el recuerdo de aquel infierno:

Para los condenados a muerte”, leemos en su descripción del último día en Fossoli,
la tradición prescribe un ceremonial austero… se le concede (al condenado) la soledad y, si lo desea, todo consuelo espiritual… Pero a nosotros eso no se nos concedió, porque éramos demasiados…

¿Puede uno imaginar la perplejidad y desazón de estos hombres que, condenados a morir, se ven sin embargo obligados a proseguir sus actividades como si nada nuevo ocurriese?:

hasta los maestros de la pequeña escuela dieron por la tarde su clase como todos los días. Pero aquella tarde a los niños no se les puso ninguna tarea

Y es que, si la felicidad perfecta no fue nunca posible, para ellos tampoco fue posible una infelicidad perfecta. La crónica de la vida en Auschwitz, desde la perplejidad provocada por los primeros golpes, dados “sin cólera” (golpes que no producen, por tanto, ningún dolor sino una humillación imborrable), hasta la aceptación del hecho de que todo hombre debe ocuparse de sí mismo sin más consideraciones pero también sin pensar en la esperanza, constituye uno de los más lúcidos testimonios que hayamos leído nunca. Lo que realmente preocupa a Levi, es la aceptación, la facilidad con que el hombre puede instalarse en la ausencia de futuro y continuar viviendo a pesar de todo. La seguridad de la muerte (y la imposibilidad de dejarse morir) no deja espacio para los sentimientos (salvo tal vez para ese continuo estupor), por lo que la situación se torna (y eso es lo peor) soportable, se convierte en actividad gratuita, continuada, y estéril.

¿Hasta cuándo? Pero los antiguos se ríen de esta pregunta: en esta pregunta se reconoce a los recién llegados.

Los hombres del campo saben de dónde vienen, guardan como tesoros sus recuerdos del mundo, no olvidan, pero ignoran a dónde se dirigen. Incluso en el caso de que pudieran escapar a las “selecciones”, a la muerte por agotamiento o por hambre, aunque ocasionalmente (“cuando llueve, uno querría poder llorar”) puedan mirar en su interior y reconocerse y meditar, incluso entonces, comprenden que no volverán, que no hay modo de regresar a parte alguna, de explicarle al mundo lo que “el hombre ha sido capaz de hacer con el hombre”.

Y, sin embargo, aún en situaciones como esta, el ser humano es capaz de construir una sociedad a su alrededor: inventa reglas y lenguajes, se relaciona, hace negocios, define todo de nuevo, oculta a sus asesinos cuanto de voluntad (la voluntad allí era la única vida) queda en él. La llegada de las tropas rusas pone fin a una pesadilla que duró, para Levi, dos años, pero que supuso el exterminio para una inmensa mayoría. Llegando a este punto, leemos:

si tuviera ahora mi sensibilidad de antes -pensaba- este sería un momento en extremo emocionante.

En el libro no hay rencor contra los nazis. Pero téngase en cuenta que la necesidad de mano de obra, a esas alturas de la contienda, había suavizado notablemente las condiciones de vida en los campos, con objeto de aumentar la rentabilidad de los prisioneros hasta que se decidiera su muerte; Levi, además, obtuvo alguna ventaja al ser destinado, como químico, al laboratorio. El lector no encontrará en él atrocidades que, por otra parte, conoce ya, aunque la sombra de las mismas planea sobre todo el relato. Al redactarse el libro, los derrotados están siendo juzgados con rigor y el mundo (convencido de que nazismo y fascismo habían sido barridos definitivamente) piensa, sobre todo, en levantarse de nuevo, en recuperar la dignidad perdida. “No puede odiarse a un fantasma”.

Levi explica su postura en la entrevista con que se cierra esta edición española. Para odiar hay que comprender, y el nazismo no puede ser comprendido, sino tan sólo “conocido”. Podemos huir de lo que ya conocemos, evitarlo, pero si caemos en la tentación de comprender podríamos igualmente justificar. Por eso Levi no intenta en realidad ser comprensivo, sino aplicar a su recuerdo la suficiente objetividad como para hacernos conocer uno de los más tristes acontecimientos de la historia de la vergüenza y de la barbarie del hombre. Definitivamente se trata de un libro poético, porque sólo la poesía es capaz de expresar con realismo lo imposible.

Tras la publicación de Si esto es un hombre Primo Levi no abandona su actividad profesional. En 1948 es Director Técnico de SIVA (pinturas, esmaltes y resinas sintéticas), pero no por ello dejará de escribir. La tregua, La búsqueda de las raíces, Si no ahora, ¿cuándo?, o el volumen de cuentos Historias naturales, son algunos de los títulos, junto a su última obra Hundidos y salvados y a El sistema periódico, que valieron a Levi el reconocimiento internacional en forma de Premios como el Campiello, el Strega o el Smilen, de Nueva York, que compartió con Saul Bellow en 1985.

Levi se suicidó en 1987, para asombro de los que le conocían, unos meses antes de la publicación de esta, por cierto, estupenda traducción.

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