El sueño tendido


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– Prólogo de Ildefonso Rodríguez
Ediciones Amargord, 2012

El libro se titula Ordet, y si entendemos el título de un libro como clave de su fruición (lo que en un poemario parece importante) hemos de asumir que cualquier lector que desee merecerse estas páginas debería de conocer también la película de Carl Theodor Dreyer del mismo título (mismo, no sólo igual) y preguntarse, como es lógico, hasta qué punto el recuerdo de sus imágenes impregnará su “visión” del poema. Lo hace: su evocación funciona como un teatro que, dispuesto para esa representación, y no otra, invita a nuestra imaginación a completar su sentido. No digo nada con lo que, obviamente, no haya contado la autora, pero es una condición que obligará al improbable lector que lo recorra sin saberlo (y no es que no pueda hacerlo sin provecho) a emprender el camino inverso. Después de todo, el shakespiriano “debes pudrirte porque nuestro tiempo está podrido” (en realidad una frase del loco Johannes) no precisa de mención de autoría para grabarse a fuego en la conciencia de cualquiera que tenga una. Pero la relación película-poema es causa de una tensión (entre el relato su nuevo medio) que delimita la singularidad y la estructura del libro; no carece de importancia. Dreyer, por su parte, hizo lo mismo con la obra teatral de Kaj Munk.

El tono, la contrastada gama de grises (hasta la carnal aparición del azul en el último tramo, El canto de Inger), no pertenece sino a la habilidad de la autora, capaz de eludir las trampas de la adjetivación en aras de una necesidad nueva, la de una representación/narración visualmente onírica antes que realista (intelectual antes que descriptiva). Excepción hecha de la esquela que aparece al comienzo de El velatorio, nada sobra en un libro cuya música no se detiene en ningún momento (Shostakóvich corregido por Debussy, para seguir con el experimento especular): cada palabra parece pertenecernos, a pesar del extrañamiento que la composición nos impone, y ser a un tiempo conclusión y pretexto. Así que Pilar Martín Gila ha hecho, en este su tercer libro de poemas, lo más difícil: selecciona cuidadosamente a su auditorio para entregarle un mensaje entre la culminación y el origen.

La hora del trabajo, la hora del sueño, primer tramo del libro, amanecer, nos propone con claridad la senda correcta de la lectura. “Hay un paño tendido allá”, empieza, y acaba:

hasta que el sueño pase
[…]
y una mujer canturree
de una habitación a otra
replegando la tierra.

Replegando, dice, no desplegando. Así que la tierra se despliega y se tiende, como ese paño, allá, y es recogida al alba, ordenada, preservada (aquí) de la dureza de lo real. Esa mención al paño ya advierte que asistimos a una proyección (como en la proyección advierte que asistimos a un mito) y que el poema, completo, nos dirá que somos lienzo dispuesto (pienso en la frase de Malcolm Lowry en Bajo en Volcán: “una pequeña alma que contiene un cadáver”); una idea en la que insiste más adelante: “se apagan de un soplo los candiles y de un soplo vuelve la luz del sueño”. Tal es la monotonía, la contención, del mundo hasta que

el innovador
sube por los blancos arenales

propagando una palabra creativa, un discurso que reta a toda ley, que es anterior a la ley aunque no su contrario. La tensión es aquí expectativa, silencioso compás del trance que desea ser tránsito, pero que es lo que es y se estrella una vez y otra contra lo que somos: testigos (como espectadores de las palabras).

La palabra, rey ciego, pero también profeta (ciego). Otro diálogo de los muchos que se nos proponen. Se cita el Apocalipsis, pero no se pierde de vista a Samuel enfrentado a Saúl. Y entre la profecía y lo cotidiano el lenguaje construye la razón de una conciencia que sólo es posible así, “tendida entre dos estacas”: la literalidad y la interpretación.

Querría alargarme. Hablar de La caverna, de lo fictivo y verdadero frente a lo real pero falso. Un juego, por otra parte, perfectamente trascendente, pues no fía en la esperanza de liberación, en la llegada a ligur ninguno, sino en la ancestral sospecha de que es más adentro, mucho más adentro, donde está el sueño tendido. Esa es una de las cosas que más me gusta de este libro: no se reduce a la esperanza

porque la palabra no estuvo en el principio
ni tiene la virtud de la claridad ni deja nada,
la niebla, la somnolencia,
al descubierto

(y por tanto no estará en el final para poner nada, ni un milagro ni nada), sino que reivindica la proposición frente a la conclusión, la que (y bien podemos aquí olvidarnos de Dreyer) es catalizador: mueve a reacción, a cambio. El discurso despierta de verdad, no a la verdad. ¿No es ya resucitar saberse el alma del muerto, reconciliarse con él? Hay cierto platonismo “revisitado” en la propuesta, obviamente. Al fin y al cabo Platón hizo libres a los poetas líricos al expulsarlos de su República y permitir que sus sentidos respondan a las imposiciones de la especulación, que lo carnal invada lo trascendente. Así Ordet obliga a Ordet a un discurso tercero, no revisa ni revisita ni interpreta, pues la autora en su sala (arquitectura, poema) se las compone referencia propia y nos muestra la vida un instante, como quien contiene la respiración para escuchar el deseo de la naturaleza y lo encuentra en su propio pulso sanguíneo.

Juan Carlos Suñén

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