La coherencia es el argumento


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– Editorial Siruela. Madrid, 1995

No es frecuente encontrar entre las últimas producciones de la narrativa española una novela que, como ésta, nos convenza tan pronto, y tan radicalmente, de que ha de ser leída sin apoyatura alguna en muletas argumentales al uso, y que al mismo tiempo nos atrape literalmente, nos obligue desde las primeras líneas a la personal lógica de su desarrollo. En efecto, el lector no hallará aquí la promesa de una identificación superficial –de esas que (finalmente) dejan intacta su habitual confianza en la solidez del propio mundo– sino el ofrecimiento de unas intenciones expresivas que, exigiendo al lenguaje un máximo de sugerencia y capacidad de sentido, se ven cumplidas en la progresión de una fábula oscura, simbólica e inquietante que apelan directamente a la fatalidad de ese abismo que se extiende, en todas direcciones, tan sólo unos pocos pasos más allá de la ruta marcada por una realidad acordada y compartida.

La imposición previa de un desplazamiento (real, como en La metamorfosis de Kafka, pero también perceptivo, como en Las tiendas de color canela de Schulz) sirve a Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) para elaborar un texto intelectualmente autosuficiente, autónomo y consistente, cuyo contenido descansa en sus propias verdades internas, definidas éstas por unas preguntas que son correlato desnudo de las humanas y por una mecánica de atracción ineludible: como la flecha del tiempo, si se desea, pero imperiosamente objetualizada (de un modo nada explícito, por cierto) frente al horizonte de sucesos en las inmediaciones del agujero negro. Los personajes, viajeros en un tren que les conduce a través de un mundo exterior del que sólo la filosofía asumida parece poder salvarles, buscan la propia integridad, su identidad y su sabiduría en un pulso a esa escenografía de la conciencia que es, aquí, único mundo posible, único conocido.

Viaje de estudios es la segunda novela de la autora (precedida por Basenji, en 1994), a la que conocíamos como poeta y como traductora (Faulkner, Poe, Fon Eisen), pero es ya un texto que se hace a sí mismo, comprometido en un lenguaje al servicio de su propio relato (como en la conocida pregunta de Foucault: ¿qué quiere, el lenguaje mismo, decirnos?) pero también en la construcción de una realidad otra, a la que se adhiere como verdadera piel, consciente a un tiempo de su inteligencia y de su capacidad para la representación: expresivo y perceptivo en igual medida. No sería exagerado, en ese sentido, decir que esta novela constituye un verdadero triunfo del lenguaje, pues sobre él, y sólo sobre él (es decir, sin trampas) construye su consistencia.

Así, los 27 capítulos que lo componen, trazan una especie de viaje (todas las direcciones: pasado, presente, futuro, tienen un sólo sentido) iniciático en torno a un universo sobre el que opera la capacidad de distorsión de un gran atractor (lo cual, dicho sea de paso, confiere al texto su cualidad de drama), al que finalmente habrán de enfrentarse los protagonistas. El efecto no es sólo físico, no sólo vuelve singular y ominoso un entorno que se adivina más que se muestra, sino que impregna las conciencias reduciendo su discurso a una aspiración de verdad última. La densidad sustituye a la trama, la progresión a la fábula, la sugerencia a la información. Pero el texto consigue seguir siendo un relato, continuar siendo una novela, no una novela-poética, menos aún un poema en prosa. Su valor poético descansa en su capacidad para sintetizarse en metáfora, para hacer verdadero lo mostrado porque es verdadero el punto de vista de lo mostrado, y porque es verdadero aquello que lo mostrado, finalmente, dejará en la experiencia del lector; y por eso también el lector suspenderá su incredulidad a pesar de que estos personajes (que los hay), la misma narradora (que protagoniza) con ellos, no habiten una realidad inmediatamente reconocible, ni verbalicen unas inquietudes inmediatamente familiares.

Un grupo de estudiantes inician un largo viaje en tren, viaje de estudios, o tren seminario, acompañados de su tutor. Un grupo sin identidades nominadas -cuya salvación aparente, e inicial, radica en no detenerse, en no enfrentarse (mientras perfeccionan el conocimiento sobre el que dicho proceder se sustenta)- pero con conciencias de personaje (el grupo, la narradora, el profesor, el confesor y el estudiante X). Es decir, con una intención, y capaces de dotar de una intención a los otros, portadores de un sistema de deseos y de creencias. Y de un lenguaje, tal vez no del todo claro para el lector (que aceptará su pertinencia, su convencionalidad fictiva, sin embargo, con suma facilidad) pero concreto hasta casi la exactitud para ellos. Lo suficiente –como cualquier aficionado a la filosofía sabe– para generar una ilusión de identidad propia, recuerdos y realidad. La presencia de estas conciencias (con sus seguridades convenientes o supersticiosas, sus miedos heroicos y sus cansancios y, sobre todo, con ese impulso resistente, casi clandestino de la narradora) es la que impone al exterior su cualidad fantasmagórica, del mismo modo en que nosotros imponemos a la realidad un sentido aparente del que, al mismo tiempo, hacemos por defendernos. Lo importante, parece decirnos Menchu Gutiérrez, ocurre en el interior, se encuentra en la autonomía que seamos capaces de sostener, pero también en la coherencia que seamos capaces de manejar, en un viaje poético, dramático, significante y único, hacia nuestro propio enfrentamiento.

Juan Carlos Suñén, 1995

CATEGORÍA: Crítica literaria > Narrativa  |  REFERENCIAS: , ,
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