Nadie puede pararlo


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– Edición bilingüe. Traducción, prólogo y notas de Gabriel Planella.
Lumen. Barcelona, 2000. 158 paginas.

Nacido en Nabiac (Nueva Gales del Sur) en 1938, Leslie Allan Murray es hoy por hoy la voz poética más autorizada del continente australiano. Ganador del Petrarca Prize en 1995 y del T. S. Eliot en el 97, su obra comienza a ser conocida por una mayoría de lectores anglosajones especialmente a partir de la publicación de su poema-novela (un término que aquí, sin duda, nunca habríamos empleado) Fredy Neptune en 1999. Se trata de diez mil versos que exigen ser traducidos -en un país como el nuestro donde las soluciones en torno a la barrera de los géneros no parecen querer salir de un prosaísmo que hace de lo poético un mero adorno del referir- y a lo largo de los cuales el poeta pasa revista a las impresiones de su propia existencia, pero también a los males y desafíos de su siglo a través de la vida, aventuras y desventuras de un marinero germano-australiano de muchos nombres en torno a la Primera Guerra Mundial.

Apenas unos años antes Murray se resentía de una infección de hígado que estuvo a punto de acabar con su vida, y no es difícil achacar a ese hecho la necesidad de un largo poema de revisión y crítica donde las cadencias del discurso cotidiano desvelan (y es una de las características de este autor) una capacidad poética fuera de lo común que además se sostiene hasta el final. El poema –parece querer demostrarnos Murray– es el verdadero amo, el verdadero motor en la construcción de todo relato. Una afirmación que a Faulkner no le importaría, probablemente, suscribir y que un autor como Dereck Walcott, obviamente compartirá.

Uno de los textos contenidos en este Australia, Australia que ahora selecciona, traduce y prologa Planella para la editorial Lumen, «Viaje de emigrantes», revela ya esa necesidad narrativa de Murray en la que es el avance (la progresión) lo que prima frente a lo informativo o anecdótico al situarnos ante la conciencia de uno en su época sin otra escenografía que ese paisaje interior que constituye (antes como un cuadro que como una película, al modo del inscape de G. M. Hopkins) la expresión emocional de cada mujer y de cada hombre.

Llegado a Sidney a finales de los cincuenta, Murray se dedica por completo al ensayo y a la poesía desde los setenta, y desde 1985 vive en su granja familiar de Bunyah, su comarca natal. Gabriel Planella, el prologuista (y traductor) de esta edición, señala, en breves y esclarecedoras páginas, la intención de Murray de reconstruir en su poesía (o reproducir, según se mire) lo que para él son las señas de identidad de su comunidad. Y lo logra. No únicamente con los contenidos.

La comunidad del poeta trasciende incluso la definición idiomática (“No creo que la naturaleza hable inglés”) y su actitud, en ese sentido, refleja una independencia que no proviene de un respeto por la tradición que no respete (a su vez) todas las tradiciones, ni de un australianismo que ignore que cada comunidad es un reflejo del mundo; la fuerza de su integridad (que es su rasgo más notorio, sin duda) parece nacer de una síntesis en la que la tensión entre clasicismo y modernidad, campo y ciudad, armonía y sentido, son garantía de realidad.

Planella comenzó a trabajar en esta antología años antes de su aparición, y de hecho falta la representación de lo publicado por el poeta a partir de 1977 (por ejemplo el citado Fredy Neptune). No es relevante. Es decir, no lo es a efectos de la intención que se supone: ofrecer al lector español (por primera vez) una muestra suficiente y representativa de este excelente poeta. Como un discurso continuo, casi como un libro en sí mismo se percibe de hecho esta colección.

La de Les Murray (que así firma sus libros) es una poesía de soledad, de sequedad interiorizada, en cuyas descripciones se oculta siempre un pensamiento silencioso (“acarician entre sus dedos un fósforo apagado”) y solidario. Sus personajes son hombres y mujeres fronterizos, entre naturaleza y progreso, campo y ciudad, raíz y novedad. Un choque prolongado que rara vez se manifiesta, pero que cuando lo hace es en forma de un fogonazo emotivo que da pie a poemas como “Un arco iris nada especial”:

La multitud habla con desazón
y cada vez acude más gente por calles secundarias
que hasta hace poco eran céntricas y bulliciosas diciendo:
Allí abajo hay un tipo que llora. Nadie puede pararlo.

Fogonazo que sin embargo parece no marcar sino en cuanto duración, negarse al otro cuyo mundo es no salir de dentro para encontrar su ser y su estar en un lugar del tiempo verdadero: la inspiración. Sólo eso entonces: el hombre “ha llorado y ahora ha terminado”, se aleja con dignidad, pues el poema no es otra cosa que ese alejarse dejando en los otros el germen de un impulso (pich, decía Hopkins).

Pero los seres humanos del poeta son siempre la manifestación singular (“quiero distinguir los nombres de todos los humildes”) de un mundo cuya voluntad es siempre simple y dolorosa. Y lo que en ellos ve es lo que les aleja de sí mismos, lo impuesto, lo depresivo del progreso, pero también aquello que les mantiene aún tan obviamente cerca de su propia prehistoria como para seguir extrañándolos del saber estar de las bestias, de los rebaños, frente a la inseguridad que la historia transmite (“¡Ay de mí! qué pequeña diana este corazón”), frente a lo extraño de no haber muerto sobre cualquiera de sus tristes páginas.
Pero ese mismo sentimiento de excrecencia de lo pasado, de orfandad ante lo propio, de pérdida ante lo que ha de venir, es al mismo tiempo lo único capaz de procurarnos una medida exacta: la paz de lo cumplido hasta el día. Dice en “József”, otro excelente poema narrativo:

Comeré pimientos rellenos y dulce de leche,
evitaré a las monjas porque traen muy mala suerte,
escribiré cartas de memoria, fumaré Winston
y doblaré mi codo derecho a la muerte
y, más agradecido, a la vida.

Un agradecimiento último, llegado de lo bueno de lo penoso, que no hace olvidar al poeta que también (“y además”) hay “mataderos y minas”. No se complace en su estética, como no lo hace en su arte (“cuidado”, dice, “Hitler era uno de los nuestros”). Va más lejos.

He hablado antes de su lenguaje coloquial, cotidiano, y de su habilidad para extraer a su través imágenes deslumbradoras; pero que nadie se lleve a engaño: no se trata de un poeta facilista o gratificador. De hecho, como el hablante del poema titulado “Sermón de las habichuelas”, Murray parece decidido a no dejarse ni una sola palabra en el cesto: “ni siquiera” –leo en el poema citado– “las cuatro últimas, fuera de tiempo, deformes como dedos de pies”. Su mundo atraviesa así todo un país interior, una infancia de tierra adoptiva y de futuro incierto, que copia la topografía de la conciencia de todos. Un lugar ancho y solo, abierto y opresor como el deseo. Y dibuja ese espacio con firmeza, sin concesiones al naturalismo o a la crónica. Un buen ejemplo es Pescadores en el cabo del sur, donde los hombres a un tiempo cerca y lejos del lector, se enfrentan juntos y distantes unos de otros al territorio fronterizo de la propia vida (“es cosa seria”, dice, “estar entre humanos”). Allí son parte de la trama de una presencia a la que muy rara vez alude Murray (ver el poema titulado “El molusco”), pero que, como en la poesía de Hopkins (Inlaw), o de nuestro Claudio Rodríguez (Alianza y condena), pone de manifiesto una religiosidad de fondo cuyo compromiso tiene los pies en tierra, y la cabeza no demasiado lejos.

Nada le es ajeno. La infancia, la ciudad, el oficio, el surf, los cantos aborígenes, la televisión, la naturaleza, el dolor, la fiesta, el trabajo. Y todo precipita una reflexión que se informa en descripción narrativa a la manera de la mejor tradición anglosajona. Leyéndolo hay que pensar en algunos de los buenos, desde Wordsworth a Dylan Thomas (véase la selección del Ciclo de canciones de las vacaciones en Buladelah-Taree, por ejemplo, otro libro que no estaría mal poder ver traducido en su totalidad), pero también en la tradición de baladas populares, en la música del siglo, en la aldea y en la aldea global, en el viento del chaparral y en el batir de los teletipos, en la depresión y en la Gran Depresión. Su nombre “suena” para el premio Nobel… Y su influencia se ha hecho ya sentir con fuerza en las nuevas generaciones de la poesía australiana.

Todo, digo, es así, para Murray, lo suficientemente importante. Objeto y sujeto de una visión del mundo que comprende que cada felicidad es la antesala de una tristeza y que la perplejidad es una forma de agradecimiento hacia la naturaleza que pudiendo destruir da, que pudiendo acabar perdura.

Y también el placer es una suerte de agradecimiento, nuestra forma de agradecer a la muerte que aún no llegue ese día más corto que los demás. De ahí su poso de desconsuelo. Como el placer a la muerte, digo; véase si no ese otro excelente poema, “Actuación”, que termina:

Y como siempre ocurre después de un triunfo, estuve
por supuesto inconsolable.

Un autor, en suma, que desde sus primeras obras demuestra entender (y advierta el lector su exactitud, que podría estar intercambiando un guiño con Heidegger) que “ninguna cosa es libre si tiene explicación” y que, por lo mismo, ha cultivado una inteligencia cuya independencia no le es posible vallar ni a quien la quiere definir ni a quien la ejerce, pues hacerlo impediría a uno como a otro encontrar por sí mismo la palabra que nadie le puede dar dicha. Lo ha dejado así escrito:

La política salvaje,
igual que el arte mediocre,
sabe a quién atribuir todas las culpas.

Su nombre “suena” para el premio Nobel…

ABC Cultural. 9 de septiembre de 2000

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