La fundación del mito


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– Barcelona, Destino (Áncora y Delfín, 295), 1967

Decía Arthur Schnitzler que “la importancia de una figura para la humanidad no se fundamenta en su verdad histórica, sino en su verdad mítica, que es de rango superior”. Y si ciertamente la historia acaba siempre venciendo a la mitología, al menos a corto plazo, lo hace sólo en el rango inferior de los intereses humanos. A la larga, la mitología dice su verdad de una u otra manera, y lo hace apelando a nuestros sentimientos más escondidos, a lo que sabe de nosotros, que es infinitamente más de lo que nunca sabrá la historia.

Uno de los primeros lectores de Volverás a Región, Ricardo Gullón, escribía sobre la comarca ingeniada por Juan Benet (1927–1993):

Si ese laberinto de sendas perdidas puede llamarse España no es sólo porque la geografía novelesca coincida vagamente con la de este país, sino porque la invención de Benet, fantástica como es, crea en su discurso una imagen y una experiencia en donde cualquier español puede reconocer las suyas.

Y más adelante añadía, refiriéndose ahora al conjunto de la novela: “Su lectura proyecta un foco de luz sobre la realidad histórica de España”. Que Región está en España es algo que Benet no deseó en ningún momento ocultar, como no ocultó su localización en un más o menos preciso noroeste leonés, presumiblemente berciano, con cuya geología y orografía coincide escrupulosamente. Ahí están las rutas del ferrocarril y de las carreteras, las referencias a Asturias y a Galicia y hasta unas coordenadas: 42° 45″ de latitud N. Tampoco ocultó que la guerra en Región era la Guerra Civil, y en Herrumbrosas lanzas llegó incluso a abordar un retrato de Franco. Su afición al tema y su conocimiento del mismo eran patentes. Pero lo que nunca procuró fue escribir un correlato o paralelismo menor de la historia. Su postura la dejó muy clara en Herrumbrosas lanzas:

La transformación homotética de un fenómeno histórico nacional para la representación del mismo a escala local provocará las suficientes deformaciones como para proveer una imperfecta e inexacta composición.

No, lo que desde el principio se proponía Benet era, más bien, modificar la distancia del observador a favor de una óptica diferente, pues: “Cualquiera que sea esa distancia (…) se obtendrá un cuadro, y só1o uno, ni más exacto ni falso que cualquier otro” (lo que no significa que todos provean al observador de la misma experiencia). Es decir, que lo que hay en el fondo es una seria desconfianza hacia la historia (cualquier historia) cerrada, normativa, y sobre todo, claro está, hacia la Historia con mayúsculas. El territorio es otro, aquí debe pensar el lector.

Y el territorio ocupa una buena parte de la primera mitad de Volverás a Región, se vuelve un “otro” de carácter incontestable, una especie de superpersonaje necesario para la comprensión de la naturaleza de sus habitantes (algo que Benet aprendió del genial Euclides Da Cunha de Los sertones) y cuyas palabras (indistinguibles ya de las del narrador o de las de los personajes, cuyo lenguaje parece también pegarse a esta tectónica tensión, a esa naturaleza soberana y perversa) ya no dejará ni un instante de resonar en nuestros oídos (como no dejará finalmente de resonar el disparo de Numa, especie de “ello” vigilante de un sí mismo colectivo y atávico) y que, desde luego, marca a sus criaturas como el Dublín de Joyce o el Yoknapatawpha de Faulkner marcan a las suyas. Al fin y al cabo, Benet también dejó escrito parafraseando a Poe, en otro lugar, que “el espacio y la duración no son sino una y la misma cosa”, y en este mismo: “Mi padre solía decir: ¿El tiempo?, ¿dónde está eso? Querrás decir la lluvia, la lluvia…”

Así se cumplen espacio y tiempo en esta novela donde la memoria individual, como la colectiva, no persigue los hechos ni sus causas, sino rendir el último gesto a una huella que, padre o hija de aquellos, los ha enterrado hasta ahogarlos bajo su peso, tan obsesivo como indecible. Eso, en suma, que hombre y mujer intentan desgranar mediante el dialogo (en realidad una serie de monólogos alternados) a lo largo de la última parte del libro: el sentido de una lucha contra el azar que no es otra que esa, precisamente, que nos define como seres humanos. Cada uno ignora lo que le aguarda al otro, pero de algún modo su encuentro es un cumplimiento necesario: el Doctor y la Mujer se han de encontrar para que una historia haya tenido lugar, no para que haya tenido sentido. A su manera no han sabido doblegarse a los fracasos sacralizados (frente al sentido, frente al Estado). Pero además se esperan (cuando él abre la puerta a la Mujer la escena le recuerda cómo su padre le advertía de la llegada de la muerte, ella, por su parte, lo ha dejado todo en un intento desesperado por reencontrarse con lo que nunca tuvo, una historia posible de la que el Doctor pudo llegar a ser parte) como se temen. Hablemos de sentido y estaremos hablando de copias, de personajes de ficción; hablemos de destino y estaremos hablando de héroes.

El encuentro, además, no se produce para que el hombre o la mujer se instalen en la madurez sin enigma, entendida como “ese esfuerzo intelectual gracias al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por la reflexión”, sino para que crezcan en otra dirección, se abismen en busca de un destino capaz de resarcirlos de tanto azar desperdiciado. Ese destino es una construcción del diálogo y el diálogo, después de todo, no hace sino testificar el fracaso de todo sentido (en la muerte). Tal es la impecable vuelta de tuerca del lenguaje alrededor de la zona de sombra a la que, luego, una y otra vez, la Torre de Babel de la obra benetiana se enroscará hasta elevar ese universo único donde lo mítico aparece como lo necesario, donde “lo que ayer no fue hoy tiene que haber sido”. Es cierto.

ABC Cultural. 22 de enero de 2000

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