Lo que creíamos saber


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– Traducción de Ángel Pariente.
Renacimiento. Sevilla, 1998. 111 paginas.

¿Cómo se lee ahora a Isidore-Lucien Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870), imaginario comte de Lautréamont? Sus contemporáneos lo recibieron con cuentagotas. Una primera entrega de Los cantos de Maldoror firmada con tres asteriscos se publicó en 1869, un año más tarde el editor de la edición completa no se atreve a distribuir el libro. En un pequeño periódico aparece una nota firmada con el seudónimo de Epistemon donde se dice que “arroja nuestro espíritu en un estupor profundo”. El editor quiebra en 1874 y una librería belga recibe buena parte de los ejemplares, pero el librero tampoco se atreve a distribuirlos hasta 1885; es entonces cuando el poeta Iwan Gilkin llama la atención sobre lo que considera una obra indiscutiblemente genial. Un poco más tarde León Bloy inicia su campana francesa a favor de Los cantos. Por entonces se ignoraba el fallecimiento de Ducasse quince años antes. Se le identificaba con distintos personajes, se le tenía por loco con seguridad y nadie recordaba la edición, en 1870, de dos cuadernos (los que ahora se nos ofrecen en traducción de Ángel Pariente) titulados Poesías que el autor firmó con su verdadero nombre y que Rémy de Gourmont encontró en la Biblioteca Nacional de París entrada la última década del siglo. Pero fue sobre todo por Los cantos por lo que los modernistas (Darío) lo consideraron peligroso y no aconsejaron excesivamente su lectura. Y fueron también Los cantos los que los surrealistas (Aragón, Bretón, Éluard) consideraron peligrosos hasta el punto de aconsejar devotamente su lectura. Gómez de la Serna les puso prólogo en una incompleta y algo torpe traducción española de 1925. Desde entonces los comentarios sobre la obra de Lautréamont se han sucedido sin interrupción.

Y la fascinación crece cuando se conoce su anodina vida. Nacido durante el sitio de Montevideo y muerto durante el sitio de París. Hijo de un funcionario del Consulado francés en Uruguay, su madre murió cuando apenas contaba dos años. Llegó a la patria familiar en 1860 y estudió en los liceos de Tarbes y de Pau. Paul Lespés, uno de sus compañeros, lo recordaba (a sus más de ochenta años) como un joven flaco, encorvado, pálido, triste, silencioso y nada atractivo; lector de los clásicos y admirador de Poe. En 1865 ingresa en la Escuela Politécnica de París. Escribía de noche. Vivió veinticuatro años. La leyenda no necesita más.

Pero me preguntaba cómo leemos ahora estas Poesías, cómo nos enfrentamos hoy a un maldito olvidado por Valéry y a un libro que no es “su” libro. Los comentaristas nos ayudan poco. Él mismo nos pone sobre mejores avisos en alguna de sus cartas al hablar, por ejemplo, de su intención de afrontar el problema del mal (su lectura, anotada, de Ernest de Naville, cuyas conferencias deberían “dejar un rastro” que facilitaría la lectura futura de sus obras). Hostigar el mal con sus propias armas, poner al hombre frente a su perplejidad. Así procede en Los cantos. Pero en las Poesías no es eso lo que está en juego, no por encima del lenguaje mismo. Callois señala ya esa especie de ajuste de cuentas a la literatura en la que Ducasse se embarca, y es una observación más acertada, más ceñida en el caso de las Poesías; como lo es que, en ese camino, Lautréamont toma prestado cuanto necesita (Baudelaire, Byron, Shakespeare, Racine, Góngora, Dante) y se liga a la historia de la literatura con una red más fuerte que las cadenas de muchos de sus contemporáneos.

Las Poesías se nos aparecen aún como un texto moderno, un texto que contiene su propia crítica y que no duda ni un momento a la hora de declarar tanto su intención (“es tiempo ya de enfrentarse contra lo que nos ofende y nos doblega tan autoritariamente”) como su procedimiento (“el plagio es necesario. Forma parte del progreso. Persigue de cerca la frase de un autor, se sirve de sus expresiones, borra la idea falsa y la sustituye por una idea justa”). En esa transacción lo aparentemente fragmentario cobra una deuda de unidad que lo contradice; pero la contradicción es necesaria, es también un mecanismo, un mecanismo que nos salva de una mirada excesivamente interior: “La pendiente hacia uno mismo es el final del desorden”. Valéry hubiese visto en esta línea el reflejo de su propia poética: el desorden como condición de la fecundidad. Es cierto que en el camino confunde, en ocasiones, el pensamiento con el poema, como si fuese incuestionable que un sentimiento es sólo un pensamiento inacabado. Cierto sentido del humor imprescindible a la inteligencia le lleva a invertir los lugares comunes allí donde los encuentra. Eso le hace peligrosamente imprudente en ocasiones, pues la máxima cuestionada, al someterse a su torsión, no hace sino devolverle otra igualmente cuestionable. El lector que no advierta estos guiños encontrará gratuidad donde se puso denuncia; no (se) encontrará (en la) lectura. Pero es precisamente (debo insistir en ello) esa alternancia de brillos, ironías, falsedades y logros, esa violencia constante sobre lo sabido, lo que hace de este libro una lectura tan estimulante como, aún hoy, difícil de olvidar. Hay que echarse a temblar frente a una frase que comienza “tan pronto como nace el día, las jóvenes van a recoger flores”, del mismo modo que no hay que esperar otra cosa que una burla a nuestras expectativas tras cada apelación a Elohim. El poeta, precisamente gracias a esa actitud enajenada (a esa “poesía impersonal” que resuena tras una voz poderosamente propia), cita su obra ignorada y oye el rumor del Eclesiastés. No se arrepiente ni se confunde. El trastorno es él y no está solo frente a una razón que no se ve los pies.

Del mismo modo en que sólo tras lo lapidario reconocemos lo irónico, sólo tras lo certero reconocemos la duda. Será esa la primera contradicción que se manifieste al lector moderno. Mientras el poeta maldice la duda, e impone una certeza basada en la negación sistemática (“un vigilante de estudios podría adquirir un bagaje literario diciendo lo contrario de lo que han dicho los poetas de este siglo”), es la duda la que crece en nuestras conciencias. He ahí, de una vez, la virtud de la gran literatura: pone en riesgo nuestro universo, nos obliga a preguntamos por lo que creíamos saber.

Cuando preguntaba cómo leer ahora a Lautréamont no preguntaba sólo cómo leerlo a finales del siglo XX, a comienzos del siglo XXI, sino también cómo leerlo pasados los cuarenta, pasados los cincuenta, sin el marchamo de su novedad ni la imprudencia de la nuestra, sin el deslumbramiento de lo juvenil o de lo nuevo. Más aún cuando estamos frente a uno de esos poetas que, como en el caso de Rimbaud, nos movieron en su día a apasionarnos por la palabra, que no entendieron la poesía como nada distinto de la existencia misma, y en cuyas obras lo ininteligible de uno se comunicó con lo ininteligible de muchos. Lo que quizás entonces confundimos con la incomprensión o con la soledad, incluso con el genio. Pero es más denso, mucho más denso.

ABC Cultural. 8 de octubre de 1998

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