Lo que sabe la mano


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– Editorial Renacimiento. Sevilla, 1995.

Durante siglos el hombre se ha preguntado por qué el cielo nocturno es oscuro a pesar de la existencia de infinitas estrellas y, en 1820, el médico alemán Heinrich Wilhelm Olbers dejó la medicina para dedicarle su vida a esa paradoja que hoy lleva su nombre. Se diría que Ildefonso Rodríguez (León, 1952) está decidido a hacerse, y hacernos, la misma pregunta (y no sólo en éste, sino en todos sus libros), a mostrarnos, al menos, que el fondo de nuestro pensamiento es también silencioso y oscuro a pesar de la afluencia de palabras, imágenes e impulsos en todas direcciones, y que el tiempo no es ajeno a dicho mutismo. Que ambos, la noche, el pensamiento, se nieguen (en realidad el actual modelo cosmológico soluciona la paradoja de Olbers) a revelarnos la danza de su verdadera desnudez, no puede sorprender a quien ya en La triste estación de las vendimias (Provincia. León, 1988) reclamaba para su museo personal el “juego exquisito / de los amigos surrealistas” y el negro espejo del Dr. Lee, pero determina una dirección en su escritura que es garantía de creatividad.

Galardonado con el Premio Alberti, Mis animales obligatorios posee también ese fondo oscuro o silencioso, e invita desde luego a una inestabilidad que es la medida de nuestro continuo pasaje hacia un presente testificado sólo por el recuerdo. Todo parece en trance de ser perdido, y todo es confirmado, sin embargo –como la casa del panadero (como la noche)– “por muchas cosas brillantes y todas con nombre”: las historias oídas y las soñadas, el río y el cine equidistantes, el paisaje perdido, los lugares de la muerte (que son los mismos que los de la mano) y, claro está, las mujeres y los hombres hallados a lo largo de la crónica de una existencia cuya duración se extiende en el tiempo como las estrellas se extienden sobre su bóveda ilusoria. Todo es marcado en este almanaque con tinta del mismo rango: el beso imaginado y el beso traidor. Todo irrumpe en un mismo presente poético donde el paso del tiempo es apenas percibido en la presencia de las diversas fórmulas del yo de los vivientes: el dormido, el indefenso, el dañado, el heredero, el triste, el desconocido, el callado, el obsesivo, el trashumante…
Todo enunciado es analogía y todo objeto es símbolo. Una calle que huele de determinada manera declara así su valor en el tiempo del mundo. Tal es la naturaleza de una oscuridad de fondo sobre la que la escritura de Ildefonso Rodríguez nos entrega ese sobrecogedor sentimiento de pérdida que es la herencia del hombre

y que el padre se represente aún
su drama del tiempo que eche en falta en la mesa
los frutos de su huerto

pero también su crecimiento, pues:

nos movemos con vida por un tiempo indefinido

Somos tan sólo eso, cambio, y hasta nuestro pasado cambia minuto a minuto juntando aparecidos y desaparecidos. Sólo algunas imágenes recurrentes, la presencia del adulto en el recuerdo de la visión del niño (“ya viene la mano grande con la penicilina”), el respeto casi vallejiano hacia la casa o el trato familiar dispensado a algunos lugares obsesivamente salvados del olvido, hacen que esos momentos de luz en la tiniebla dibujen finalmente la silueta de un hombre y no de otro. La oscuridad por fin es el engrudo que mantiene unidos nuestros pedazos: de otro modo, todo eso que conocemos o pensamos conocer se desmoronaría ante nuestros ojos. La verdadera realidad encuentra allí un espejo del que emerger: “en la noche festejada vi las luces de la que se ocultó”.

La propia escritura ronda el decir de la conciencia: sin apenas signos de puntuación, permitiendo a la sintaxis un máximo de ambigüedad y un mínimo de automatismo en la improvisación (no es lo mismo la escritura automática que escribir “lo que sabe la mano”):

En la misma combustión
arden los signos y los sentimientos
el hueso al aire.

Lo trazado es lo sentido, o mejor dicho: la imposibilidad de lo trazado es la imposibilidad de lo sentido. Y que las cosas ardan es la única forma de que se hagan visibles. La mano muestra el instante, no lo demuestra: sostiene el sentimiento, no la razón.

A lo largo de lo que no es sino un recorrido por la vida, lo que fuera belleza (“ella se abrió la blusa / a la claridad crema del calor del verano”) se volverá alimento y lo que pareció tristeza, bajo una ley en apariencia leve, se declarará rabia por obra de otra mano (“la que traza las decisiones”), pero no porque se nos muestren episodios distintos, sino porque se recuerda en tiempos (seres) distintos: así aprende la mano cuanto toca. Y el lenguaje es la única casa, después de todo, sea cual sea su sistema de signos:

De estar sólo en el mundo
escupiría sobre el fuego hablaría
con los gritos cortados de la gitana muda

Así habla cuando crea o destruye, cuando conforta o amenaza, cuando se extiende hacia la verdad y se crispa ante la injusticia. El libro comienza como una salida al exterior, a la conciencia del adulto si se quiere, desde la imagen primera de “la mano del hombre que vigiló mi baño” (“sal sal pronto sus palabras / eran ya despedida”). El poeta (su personaje), no así el libro mismo que mantiene su tono a través de un dilatado cúmulo de imágenes del recuerdo (pero del recuerdo del sentimiento no del de la razón), termina entrando en esa zona más carnal y más dura del lenguaje que simplemente llama o acaricia, sin otro cometido que el de acceder: advertir lo que sabe la mano izquierda en la frontera de un código distinto, perturbador, musical. Ya a un paso ya de lo negro.

La de Ildefonso Rodríguez es, el lector ya lo habrá advertido, una poesía en fin poco amiga de concesiones (“no hay razón en mi arte / ni convite bajo mi parra”), pero su inamovible anclaje en el hombre nos permitirá ir desde Vallejo hasta el tango, su solidez desde el romance hasta Eliot, o su hondura desde Celan o Trakl hasta el flamenco o el blues. Nos lo permitirá, porque no nos obliga. Influencia, como Geoffrey H. Hartman sabía (Lectura y creación. Tecnos. Madrid 1992) es palabra que apunta a las estrellas.

Juan Carlos Suñén, 1996

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