La guerra del fin del mundo


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– Editorial Fundamentos, Madrid 1981

Ocurrió en Cantagalo (Río de Janeiro) en 1909 y conmocionó a un país entero: Euclides Rodrigues Pimenta da Cunha, miembro de la Academia de Letras y del Instituto Histórico y Geográfico, autor de Los sertones, una “ópera prima” cuyo enorme éxito, lejos de remitir, apuntaba a convertirla en la gran novela nacional de Brasil -y de cuyas páginas parecería haber sido extraído este episodio si no fuera porque su veracidad se encuentra ampliamente documentada- era abatido de un disparo certero por el amante de su esposa, el cadete Dilermando de Assis, a la sazón campeón de tiro al blanco. Defensa propia.

Para ser justos, habría que comparar a Euclides Da Cunha con el Cervantes de El Quijote. Nada por debajo de eso. No sólo porque Los sertones sea, en efecto, una de esas obras que radiografían a un pueblo, y también la crónica de una gesta esperpéntica, de un episodio alucinado de la historia en cuya exposición el propio narrador se verá expuesto, comprometido y transformado, sino porque inventando un género literario entre la novela y el ensayo establece, de manera inequívoca y autorizada, los límites de una lengua que, un par de generaciones más tarde, Joao Guimaraes Rosa, dotaría, en Gran Sertón: Veredas de una musculatura acorde a las nuevas escuelas europeas. No superó a su maestro: lo hizo más grande.

Euclides Da Cunha nació en 1866 (en Cantagalo), de modo que pasó su juventud en un país en plena definición y tímida industrialización, atravesado de ideas y proyectos. Fue un convencido defensor de la República brasileña (a pesar de sus desavenencias, extremadamente críticas, con el poder que finalmente la implantase), quiso y no pudo ser militar por culpa de su carácter poco dado a la obediencia, escribió algo de poesía y leyó mucho, y estudió hasta el punto de que no exageramos si decimos que también fue geólogo, geógrafo, historiador, etnógrafo o filósofo, además de haber cursado la carrera de ingeniería civil. Y todo ello es importante señalarlo porque todo ello, junto a un conocimiento sorprendente de la estrategia militar, se refleja en la redacción de Los Sertones.

Da Cunha, a la sazón corresponsal de guerra en Canudos, en el sertón bahiano, empezó así (en defensa propia) a escribir el relato que más tarde daría forma a su novela en 1897, muy cerca de los acontecimientos y lugares que describe. Pero la obra no puede ser reducida a su relato. Los Sertones comienza por extenderse en una pormenorizada descripción geográfica y geológica que, inevitablemente, nos hará pensar en el Juan Benet de Volverás a Región (quien no negaba la influencia) y que se prolonga luego en el retrato del sertonero hasta situarnos en un paisaje en el que ya no es posible separar la climatología del hombre, la piedra del alma, el desierto del dolor, la sequía de la guerra. Y es que sólo entramado en estas fuerzas absolutas, superiores, inmanejables hasta lo remoto, puede comprenderse a Antônio Conselheiro, un inculto iluminado, un desafortunado devenido profeta cuyas posiciones (tan arbitrarias como mal atajadas) desembocarían en la Guerra de Canudos, un enfrentamiento que duró más de un año, pero costó cerca de 25.000 muertos.

Una guerra que se convierte (en la calenturienta mente de un gobierno menos racional de lo que su tentación militar aconsejaba) en metáfora de la resistencia monárquica y que, si comienza con la derrota de mil trescientos soldados a manos de unos desarrapados campesinos, ocasionales bandoleros, guiados por un enfermo (y enfrentados a un ejército empeñado en su “formalismo inútil”, en “deliberaciones de comandos, movimientos combinados, distribuciones de fuerza” y “toques de corneta”, donde lo que se precisaba era conocimiento del terreno y mulas) termina con la fotografía del insurrecto, ya cadáver, como testigo implacable de la miseria a la que se había acorralado y vencido a un precio totalmente disparatado, pero también como recordatorio de un conflicto de fondo que, en absoluto, se había resuelto y, con el tiempo (y baste recordar que aún daba pie, no hace tanto, a Mario Vargas-Llosa para escribir La guerra del fin del mundo) como drama fundacional de toda una mitología, si no además de una Historia.

El libro llega a las setecientas y poco páginas en algunas ediciones y supera generosamente, en todas, las seiscientas y mucho, pero eso no es un motivo para que esta joya de la exposición motivada, de la narración vibrante y del lenguaje preciso (y precioso), a día de hoy, siga siendo tan difícil de encontrar en nuestras librerías como poco reclamada por nuestros autores.

Podría achacarse a su dificultad, si no fuera porque no es tanta, o a lo periférico de su asunto si a estas alturas siguiésemos empeñados en considerarnos el centro del mundo. Podría achacarse a esta cultura del apilamiento que prima lo nuevo sobre lo bueno o a esa modernidad desenfadada empeñada en hacer lo propio con la “naturalidad” sobre la excelencia (y me refiero a ese tipo de naturalidad que hace a nuestros actores hablar con la boca llena en las escenas de restaurante), pero no hay mayor novedad u osadía que reivindicar el espacio cultural que merece una de las mejores novelas del siglo XX, una epopeya en toda regla, uno de esos raros milagros literarios a los que todo pueblo tiene derecho. De modo que este crítico, aún a riesgo de pasar por aguafiestas, y dejando la obligada reflexión de motivos a la diligencia del suyo, si lo hubiera, le echa la culpa al perezoso lector.

Pero si no puede cabalmente hablarse del autor de Los sertones sin aludir, por brevemente que sea, a su peripecia personal, no se puede tampoco dar esta por concluida con el acontecimiento que se relata al comienzo de estas líneas. Hay que añadir lo que sigue: casi siete años después de la muerte de Da Cunha, el mismo Dilermando de Assis que acabó con su vida, ya segundo teniente, cercenaba de un disparo, también en defensa propia, la de Euclides da Cunha Filho, militar aspirante de la marina e hijo de nuestro autor.

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