Amar al perdedor


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– Prólogo de Olvido García Valdés.
Igitur. Tarragona, 2001

El relato es amor. Tal es la conclusión que, fruto de una reflexión invisible, llega a la mente del lectorpero tras la lectura del largo poema que es Árboles que ya florecerán, de Concha García (La Rambla, Córdoba, 1956).

Como es habitual en su escritura desde Otra ley (1987), el discurso se abre paso hasta nosotros a través de esas “hendiduras de lo que se / resquebraja” (fragmentación a la que su fraseo acompaña, no obliga, no simplemente ilustra), sólo que lo que emerge ahora es un intento de relato.

La escritura de las mujeres, en este país, en los últimos años, ha sido en buena medida ese intento. Es decir: el hecho mismo de decir un relato propio ha constituido su épica. No es algo que no pueda aplicarse a los hombres (lo he dicho otras veces) es que la lección ha sido de ellas. Y en ese proceso Concha García se asienta ya como la voz más firme y personal (y solitaria, sin duda) de nuestra poesía reciente, algo que señala también (en un prólogo espléndido: contenido y tan certero como intencionado) Olvido García Valdés, ella misma poeta.

Poesía es voz, sin duda, y Concha García ha ido solidificando la suya hasta ser capaz de asumirla, ahora, sin la interposición de personaje alguno. Es una sensación que también produce este libro. La voz poética que se dice a sí misma, que no precisa otra invención que la propia sensación de pertenencia que su organización, madura, de lo sucesivo produce.

Conque no será aventurado suponer que éste es su libro de madurez: más abierto, más, libre, sin temor a una crítica para la que no está escrito. Piensa (fumando, mirando un poco hacia atrás, hacia arriba, entre el recuerdo y la reflexión, pero sobre todo en el ensimismamiento de quien se pregunta por el placer de sí mismo, por esa identidad) en el amor y en la edad. Y lo hace desde lo más cotidiano, desde la transgresión, sí, pero desde la transgresión de quien sencillamente no se conforma con una realidad incapaz de devolver un guiño, un envite o un golpe.

No sé explicar
por qué balbucean los poetas
a la edad en que cualquiera
puede distinguir un día cruel
de otro día más.
No se explica.
Mi amor.

Resulta imperativo ese “no se explica”. Como “mi amor” (no se explica). Es la actitud de quien aún puede dar mucho, pero ya no a cualquier precio. La edad es siempre la edad del diablo y es siempre la edad de un diablo muy concreto. Pienso en la envenenada frase que el diablo dedica a los ángeles en el Paraíso perdido de Milton: “No conocerme a mí, te hace a ti desconocido”. Y en las últimas líneas de la Muerte sin fin de Gorostiza. No son aquí influencia, sólo ejemplos.

El amor no vence al amor que lo contiene ni la inteligencia vence al silencio que la contiene, pero se vive intentando transcender ambas esferas: “Mi cuerpo ya no responde / pero a qué”. Piensa (camina, mirando en torno, reconociendo a los que se acurrucan) en avanzar entre “seres de un siglo / donde lo fatal ya no es el símbolo”. El pensamiento es el camino y en él, lo fatal es también doblar una esquina y ver, de pronto, a la persona amada. Caminar con esa actitud, sin procurarla ni huirla, eso es dejar (aquí se hace) que el relato ocupe por sí mismo lo reflexivo. Es en cierto modo, también, una celebración de la fatalidad, dejar que el mundo crezca de abajo arriba, sentir sus ramas entre las nuestras: temer (pero amar) su naturaleza y la naturaleza de su deseo. Fatalidad del placer, relato del deseo.

Alguno de los pasajes de este poema son, sin duda, lo mejor de la autora hasta el momento (“Te quiero, pero deseo más…” o “Comienza diciendo…”), pero el poema mismo, el libro, es claramente un texto transitivo, dice un giro que se hace necesario y que conducirá a cuanto aquí ha quedado silenciado. Lo que venga a continuación será, sin duda, algo distinto. Eso dice este libro que parece en cierto modo pedir y rendir, a un tiempo, cuentas a lo que ha sido una escritura certera y una vida como las otras (pero con su dificultad, también). Dice que ahora hay consuelo. Dice que ya hay lenguaje suficiente para poder amar a un perdedor. Hacerse cargo. Dice que hay vida en la inseguridad.

ABC Cultural, 14 de julio de 2001

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