La identidad, la nostalgia


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– Introducción y traducción de Pedro Luis Ladrón de Guevara.
Huerga & Fierro. Madrid, 1998. 400 páginas.

En otro lugar de estas mismas páginas, no hace tanto tiempo, aludíamos, hablando de Hofmannsthal, a ese sentimiento de extrañeza que el autor de La mujer sin sombra definía como “sentirse extranjero en la propia casa”. Un modo de nostalgia que, bajo una u otra forma, ha definido (define aún) a la literatura, al arte, en la medida en que ésta (éste) se desea expresión de (o mejor: vehículo para) una forma de ser en lo real.

Claudio Magris (Trieste, 1939) se ha referido en múltiples ocasiones a esa conciencia de lo fronterizo. No se trata de algo del todo distinto a aquel sentimiento de Hofmannsthal, ni del todo distinto a lo que Europa brinda hoy a quienes creen en su posibilidad. Es decir, no se trata de un sentimiento negativo sino para aquellos que siempre estarán dispuestos a hacer prevalecer su cuna sobre el universalismo de cualquier otro. Es, en fin, eso que molesta (que perturbará siempre), sólo a quienes son de alguna parte.

Pero es además un sentimiento que define una posición, una visión del mundo. Y eso es, con seguridad, lo más atractivo de la inteligencia de Magris, autor de libros como El anillo de Claris, Danubio u Otro Mar, que se granjearon de inmediato el respeto y admiración de los lectores españoles, pero también asiduo colaborador de diarios y revistas: eso que aquí llamamos un articulista; aunque un articulista de lujo: casi cincuenta de esos lujos componen este libro traducido en su día por Pedro Luis Ladrón de Guevara.

Que Magris no es un articulista al uso se advierte ya desde la primera página. Su forma de leer, a la vez personal y universal, es la de quien no puede admitir sin más ninguna forma impuesta, ninguna lectura históricamente asumida. Frente al hombre vacío en un mundo perplejo (leyendo a Svevo), Magris nos recordará que en realidad no hemos dejado de ser lo que éramos, que es sólo cuando descubrimos que las palabras con las que creíamos explicarnos no sirven cuando sobreviene la crisis, pero también que la solución de dicha crisis no es otra que su asunción: el reconocimiento (otra vez) de nuestra incapacidad de decirnos. Asumir, finalmente, que somas inefables (“Yo soy indecible”), y así, asumir igualmente que nuestra perplejidad no es otra que la de quien sale de un engaño (la cultura) para caer en una ignorancia (la cultura). Lo desacostumbrado.

Mefistófeles se retira abrumado ante un individuo que, simplemente, carece de deseos por los que cambiar su alma. Pero también lo hace ante este hombre nuevo que se declara, de entrada, incapaz de decir la suya. Y sin embargo es ésa, precisamente, la definición de nuestra cultura, eso alrededor de lo cual (durante unos instantes) la ficción de ser es posible, modélica incluso. Magris hace de esta nostalgia su método de lectura. Y si es cierto que desde una perspectiva más descaradamente actual podríamos tacharlo, incluso, de un cierto “nostalgicismo”, no lo es menos que su mirada pone de manifiesto lo que nos falta, nos dota de una identidad no por lábil menos verdadera. Y en el camino de esa fuga continua de lo que no hemos poseído nunca, en presencia de ese hiato al que llamamos nostalgia (nostalgia de sentido), encuentra (busca) algunos nombres que habremos de releer: Jacobsen (autor de Niels Lynhe, una novela a la que Zweig definió como el Werther de su generación), pero también Charly Rivel (su lucha para poner las cosas en su sitio desde “la bufa pequeñez” de un individuo alimentado a la sombra de Musil: libre).

Magris se aventura en lo que lee desde una idea que es la idea de lo europeo; ahí merece la pena seguirle, descubrir junto a él la literatura de Konwicki o de Bulgákov, la capacidad de la letra para sorprender y definir. Es su habilidad: transmite un entusiasmo que se hace inteligencia. Mefistófeles se rinde ante tal declaración de humanidad, de humildad. El pensamiento como conocimiento, como palabra que busca, que trae a la conciencia los ecos de todo lo leído, lo visto, lo imaginado, lo pintado, para servir en ella un poco de materia a ese yo que constantemente se nos escapa.

Lo que hace Magris es repasar, no estudia sino lo que sabe. Pero en ese repaso queda pensada una identidad que es la identidad del siglo, una identidad definida precisamente como la renuncia a la identidad. La sombra que nos falta es también lo que nos pasa. Kafka, Mann, Adorno, Vattimo, Keaton, Canetti, nos acompañan a lo largo de estas páginas para hacernos ver que quizás, en efecto, es “gris la teoría, pero verde es el árbol de la vida”. Personalmente he disfrutado este libro por eso, por la capacidad de Magris para convertir en vida cada página releída. Su repaso es hacerse una pregunta que todo lector debería hacerse: ¿qué me dice esto sobre mí mismo?

Leer desde la crisis. O, mejor, volver la crisis método de lectura. O, mejor aún, hacer de la crisis un seguro contra los prejuicios que permanentemente amenazan con definirnos (de una vez, para siempre, casi devotamente).

Conque la confusión, la duda, es de pronto una forma de inteligencia. Seguridad del desequilibrio, que obliga a una mirada verdaderamente despierta, como conviene a un hombre (europeo) que es hijo de tantas razas que ya no se refleja en los espejos, sino sólo en la página, en la aventura (ventura) de unos renglones que lo persiguen, lo cercan o lo inventan. No lo describen.

Tras todo ello la metáfora del río (Danubio), apareciendo y desapareciendo, aferrado a unas fuentes imprecisas, lejanas, mitológicas, imposibles o absurdas. La cultura europea, llena de afluentes, de ramificaciones, alimentada una y otra vez por finísimos cauces que acaban conformando una corriente inmensa (en la que algunos se ahogaron) sobre la que el verdadero lector reposa la mirada no en busca de una respuesta, sino para dejar volar su pensamiento hacia las verdaderas preguntas. Otra metáfora: Ítaca, trascendida aquí. Lo importante, ya se sabe, no es el destino sino el viaje, solo que Magris advierte que el destino está aún más lejos, que Ítaca no es, después de todo, más que una escala.

Así que la literatura, parece decirnos Magris, termina sirviendo para algo. Une la vida con los valores, por más escurridizos que éstos sean y por mas huidiza que ésta se presente. Lo escrito puede con los fantasmas, es el vehículo que nos permite sumergimos en la insondable existencia, bajo las aguas de ese río que nos arrastraba ya antes de nacer, y que nos dejará, después de muertos, en algún mar que nunca conoceremos, pero que nunca olvidaremos.

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